Nota aclaratoria: el texto se presenta sin maquetar.

Ciudad de Ara Nastra, año 240 después del descubrimiento.

Era la semana de las grandes celebraciones y una atmósfera risueña camuflaba el hedor de la congoja que llevaba meses asfixiando a la ciudad. Durante el tiempo que duraba la festividad, la gente prefería olvidar todos sus problemas y descansar. Sabían que las mismas desgracias les estarían esperando una vez que finalizaran los festejos por lo que no había motivo para salir de casa con ellas a cuestas. Para él no era distinto y se había concedido una pequeña tregua para olvidar. Al menos ahora era capaz de identificar a los monstruos cuando se los cruzaba por las calles. Los días anteriores no, porque caminaban sin máscaras y se escondían en la oscuridad. Cobardes todos ellos. Esos canallas, sencillamente, no necesitaban de disfraz para infundir temor.

Prist Sínderen, el oficial de la Escolta Real, salió de su dormitorio con la chaqueta apoyada sobre el hombro. Cerró la puerta de la alcoba y se adentró en el iluminado recibidor, dejando tras de sí la densa penumbra que le rodeaba. Necesitaba ver la luz. Las tinieblas se habían instalado en sus sueños desde hacía varias noches como una mala hierba y le impedían descansar. No hacían más que incrementar la incómoda carga de responsabilidad que recaía sobre sus hombros. Cada vez que salía de su casa sumido en la incertidumbre…, cada noche que pasaba sin atrapar a esos esquivos fantasmas… suponía una derrota. La inseguridad se acentuaba en las entrañas de la urbe al igual que una enfermedad insensible a todo tratamiento de cura.

—¿Te vas ya? —La pequeña se asomó por la rendija de la puerta mientras se terminaba de calzar las botas.

—Es tan solo un momento, Lurien. Volveré a la hora de comer. —Prist abrió la puerta de la habitación de sus hijas y cogió a la niña del suelo para apoyarla sobre su regazo.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó con tristeza—. Hay muchas banderas y gente disfrazada por las calles. Ozena dice que no podemos acercarnos porque no hay que fiarse de los que van disfrazados, pero a mí me hacen gracia…

La pequeña se rizaba el pelo con el dedo índice mientras hablaba y con aquel gesto consiguió conmoverle. No había dedicado apenas tiempo a su familia en las últimas semanas y se sentía culpable por ello. Su mujer, Laena, le entendía. Sabía por lo que estaba pasando y no le había recriminado en lo más mínimo los excesos de jornada. La situación no era fácil de comprender sin embargo para sus dos hijas; menos aún con el ambiente festivo que embriagaba la ciudad.

—Tu hermana mayor tiene razón, y harías bien en hacerle caso —le advirtió con unos suaves golpecitos en la nariz—. Haremos una cosa, en cuanto terminemos de comer saldremos para aprovechar el último día del festejo. Hay una enorme hoguera que va a estar ardiendo toda la noche junto al muro del Zet. Me han dicho que los señores disfrazados también van a ir a verla. —Le hizo unas cosquillas cariñosas en la tripa. A la pequeña le encantaban.

—¡Vale! —respondió algo más animada, dejando entrever una sonrisa.

Era difícil abstraerse del ruido y del alboroto que manaba de las calles, y Lurien, extremadamente curiosa e impaciente, intentaba salir de casa cada vez que tenía la oportunidad. Alianza festejaba los doscientos años del final de la Gran Guerra entre las cuatro naciones, desencadenada por el descubrimiento de la esencia, una poderosa fuente de energía como ningún otro elemento conocido. Por mucho tiempo que hiciese desde que había concluido el conflicto, lo que pasó durante aquellos años era algo que no convenía olvidar.

—¡Cuéntame otra vez el cuento de la Gran Guerra! —le suplicó la pequeña antes de que la dejara de nuevo en el suelo. Lurien aprovechó para atusarle el bigote, le divertía jugar con él—. Los señores disfrazados lo cantan y hacen teatro a veces. ¡A lo mejor luego podemos ir a verlos!

La inocencia de su hija dibujó en su rostro una tierna sonrisa. Acto seguido, interpretó con el tono más sombrío que pudo la parte de la historia que más impactaba a los pequeños.

—¡Generaciones enteras perdieron la vida en innumerables asedios y batallas! —narró mientras pasaba las manos por el rostro de su hija, tratando de infundirle temor—. Guerreros legendarios de las cuatro naciones lucharon con valor para apoderarse del codiciado mineral. Sus ejércitos marcharon con paso férreo y voluntad inquebrantable sobre la tierra de Morog-Dur, que hoy conocemos como Alianza. Tuvieron lugar durante aquellos años las más heroicas contiendas de nuestra era, aunque se pagaron con la sangre de todos los combatientes que perecieron en ellas. El precio fue demasiado alto para todas las naciones. Los sucesores de aquellos desventurados soldados se vieron abocados a convivir con las penurias de una incesante guerra sin cuartel, desatada por las ambiciones de sus predecesores. Por los ríos fluyeron aguas negras, y el polvo suspendido en el aire ocultó la luz del sol. Miedo. Desesperación. Miseria. Una angustia punzante terminó por emponzoñar los corazones de todos los habitantes de Morog-Dur. El conflicto provocó la devastación de todo el continente. Y tras más de veinte años de rivalidades sin que ninguna nación pudiera proclamarse vencedora, la sangría, el desgaste y la imposibilidad de terminar con el conflicto a corto plazo forzaron la claudicación de las cuatro naciones bajo un tratado de conveniencia que regularía la repartición del mineral…

—¡Y entonces comenzó la Paz Longeva! —gritó Lurien, excitada, sin darle tiempo de continuar. Les enseñaban la historia en las escuelas, todo niño de Ara Nastra conocía los orígenes de Alianza.

—¿Y sabe usted, señorita, por qué la celebramos?

Prist le volvió a hacer cosquillas en la tripa. La pequeña se rio y esta vez le permitió proseguir con la narración.

—Durante este periodo, los territorios prosperaron gracias al reparto equitativo del excepcional mineral. Las cuatro naciones fueron testigos de una vertiginosa evolución, tanto social como científica, que permitió el desarrollo de las nuevas tecnologías que disfrutamos hoy en día y el florecimiento de las artes y las humanidades. —Prist acompañó la explicación con gestos pomposos e infantiles para hacerla más amena. Para los niños no era más que una historia de fantasía de las muchas que circulaban sobre el pasado de Alianza.

—¿Y nosotros?

—¡Nosotros también! Nuestra ciudad ha disfrutado del mismo periodo de prosperidad y desarrollo que el resto.

«Aunque ahora amenace con apagarse», pensó con amargura.

Pocas personas eran conscientes de ello, pero hacía días que la paz había terminado; las detonaciones perpetradas durante las semanas previas al festejo se encargaron de enterrarla bajo montañas de escombros. Los estallidos habían proyectado esquirlas de miedo y tensión por todas las esquinas del continente, haciendo que los frágiles cimientos sobre los que Alianza se había erigido se tambaleasen hasta resquebrajarse.

Al menos, los responsables de tal infamia respetaban los días de celebración. La ciudad de Ara Nastra había sorteado por un breve lapso los recientes acontecimientos violentos, y para los que vivían con la responsabilidad de proteger la metrópolis, aquella noticia, por muy insípida que fuera, llegó a ilusionarles. Prist tenía la esperanza de que, aunque las diferencias entre los pueblos fueran cada día más palpables, los autores de aquellas barbaries pretendieran llevar a cabo una mera reivindicación más que buscar destruir la unión entre naciones. Pese a los riesgos que entrañaban los festejos y sus algarabías, el ambiente de los últimos días estaba siendo relajado. Tanto que el oficial de la Escolta Real se había atrevido a solicitar su primer día libre en mucho tiempo. Y pensaba disfrutarlo.

—Ahora, Lurien, ve a ayudar a tu madre con la comida. Volveré en tan solo unos minutos.

La pequeña se bajó de su regazo y caminó hacia la cocina sin rechistar. Prist aprovechó ese momento, antes de que cambiase de idea, y se dirigió hacia el perchero donde colgaba su chaquetón largo de lana. Antes de salir por la puerta se detuvo unos instantes para peinar con delicadeza su cabello negro, marcando bien la raya a un lado. No estaba de servicio, pero aun así tenía una imagen que dar y no se sentía cómodo saliendo a la calle sin arreglarse un mínimo.

Las avenidas del segundo distrito se encontraban decoradas con guirnaldas de banderines de tela y farolillos de colores que unían en su recorrido un sinfín de terrazas de piedra tallada. Largas banderas, cuidadosamente bordadas, caían majestuosas desde los alféizares de los altos ventanales. La estrella de cuatro puntas con el círculo central, el emblema de Alianza que simbolizaba las cuatro naciones unidas por la ciudad de Ara Nastra, era el motivo más repetido, aunque también otras insignias de familias relevantes o negocios prósperos adornaban las telas. La luz y el color eran los auténticos protagonistas aquel día: se mezclaban con gracia en los elevados edificios del segundo distrito, unas construcciones que conseguían combinar con destreza y elegancia la robustez de la piedra, limpiamente cincelada, con los complejos motivos metálicos que recubrían y adornaban el ancho y alto de sus fachadas.

El final de la Gran Guerra se festejaba en todos los territorios de Alianza, pero donde tenía una mayor repercusión y se seguía con más entusiasmo era sin duda en la capital: Ara Nastra, la ciudad construida alrededor del Exalión, el único yacimiento de esencia del reino. La celebración se propagaba a los seis distritos de la urbe y los eventos se sucedían en todos sus rincones.

Muchas de las actividades de los dos primeros distritos tenían lugar en las inmediaciones del Zet: residencia de la Monarquía, sede del Consejo de Alianza, y una de las primeras construcciones que habían tomado forma en Ara Nastra antes de que un puñado de casas comenzaran a arremolinarse a su alrededor. La estructura del vasto complejo se incrustaba en las escarpadas paredes de roca de las fisuras, los imponentes peñascos de gran altura que la ciudad entera dejaba a sus espaldas, como si de un caparazón protector se tratara.

Prist paseó con ritmo tranquilo por las calles del segundo distrito donde vivía. Un gran número de malabaristas ejecutaban arriesgadas actuaciones con las que pretendían captar la atención de los viandantes. Cerca de las escenas, varios niños se desafiaban entre sí para ver quién era capaz de acercarse más a los personajes disfrazados sin que estos se percataran. Entre risas, con valor y con cautela a su vez, procuraban cumplir sus apuestas sin demasiado éxito. Aquella sucesión de inocentes eventos le ayudó a sumergirse en el ambiente festivo de la ciudad y a contagiarse de la vitalidad que desprendía. En su camino hacia la panadería consiguió olvidar esa incómoda sensación de miedo, enjuició el pasado como un mal sueño e hizo todo lo posible por abstraerse de él.

Según giró por la esquina de la avenida principal alzó la vista hacia la parte del Zet que asomaba por encima de los tejados. La nave central, con su sensacional cúpula, era una auténtica obra maestra. Había sido diseñada durante las primeras décadas de la Paz Longeva por los mejores arquitectos de Alianza y se erigía soberbia como el lugar más alto de toda Ara Nastra. A su alrededor, la metrópolis había crecido exponencialmente en su último periodo. Con una planta de distribución irremediablemente semicircular por culpa de las fisuras, sus distritos rodeaban al Zet y se extendían cada año gracias a las oportunidades y ventajas que la ciudad brindaba al comercio y a la industria que se servían de la esencia como alimento. Los dos primeros distritos de Ara Nastra, los más antiguos y cercanos al Zet, eran los lugares donde vivían las familias más pudientes y acomodadas. El primero de ellos, fundado por un puñado de avispados comerciantes que no se imaginaban lo que les seguiría, afianzó sus cimientos junto a la pared vertical de roca y quedó colindante con el Zet en su parte occidental, aquella que no estaba atosigada por los bulliciosos trabajos en el Exalión. La expansión de la ciudad hacia el este pronto propició la creación del segundo distrito, hogar de los trabajadores de clase media-alta, donde la vida, pese a los últimos incidentes, intentaba seguir su curso normal.

—¿Dos coronas por una hogaza de pan? —exclamó Prist sorprendido e indignado.

—¿Es usted nuevo por aquí? —le preguntó el dependiente de forma chulesca—. El precio de la esencia se ha disparado por culpa de los problemas que tenemos en el Exalión. ¿Con qué se cree que pongo en marcha mis hornos?

—Sí, sí. Pero… ¿dos coronas? Creía que la reserva de esencia cubría las necesidades básicas del segundo distrito.

—La reserva se gasta en los alimentadores de las calderas principales de Ara Nastra. Encontrar cápsulas en el mercado es un auténtico infierno, por lo que le vuelvo a preguntar: ¿quiere la hogaza o no?

—Sí —contestó Prist malhumorado mientras lanzaba las monedas al mostrador y recogía la hogaza para salir por la puerta. Quién le iba a decir que un detalle tan irrelevante fuera a amargarle el día de permiso. No es que fuera una persona tacaña, el precio de la hogaza en sí carecía de importancia, pero le irritaba sobremanera lo que aquel hecho implicaba: las cosas seguían sin ir bien.

A pesar del ambiente festivo, su humor ya había comenzado a ennegrecer. El tiempo no ayudaría a cambiarlo, ya que la ciudad se había despertado aquel día bajo una atmósfera fría y gris, propia de la estación del año en la que se encontraban, y que no apuntaba a mejorar. No dio cuenta de lo plomizo que estaba el día hasta que salió de la tienda; la neblina que llevaba asentada en Ara Nastra durante toda la semana comenzaba a resultar realmente molesta.

Un gran número de transeúntes inundaban las calles del segundo distrito a pesar del mal tiempo. Desperdigados entre el gentío, los bufones, los magos y los actores de teatro aprovechaban las esquinas y recovecos de los edificios para instalar sus escenarios de madera y deleitar con sus actuaciones a las personas que se detenían a su alrededor formando corrillos. Los artistas, afincados durante esos días en los dos primeros distritos, dado que allí obtenían un mayor beneficio, deambulaban despreocupados por las calles. Ambos distritos estaban compuestos en su mayor parte de urbanizaciones de arquitectura regular, amplias calles, avenidas custodiadas por altos bloques, parques, plazuelas y otras zonas comunes. Su estética, limpia y cuidada, nada tenía que ver con la de los otros cuatro distritos donde se adoptaban formas más prácticas que artísticas al haber tenido que ser edificados sin apenas tiempo para la planificación. Prist no los conocía demasiado, ya que el tránsito entre los dos primeros distritos y los periféricos estaba restringido, pero, aun así, sabía que su entramado urbano era un auténtico galimatías: un sin fin de callejuelas y pasajes estrechos, tortuosos y sin adoquinar, de los que la gente extranjera no lograba escapar si no era con la ayuda de algún residente.

Pese a la aparente tranquilidad, los rumores de los recientes altercados en las barriadas periféricas estaban en boca de todos. Desde el Zet se esforzaban mucho en acallarlos para que la celebración transcurriese con normalidad, y suponía, sin mucho convencimiento, que al menos eso lo habían conseguido. Como oficial de la Escolta Real, él mismo aplicó medidas excepcionales de seguridad dentro del Zet que, sin duda, se habían propagado hacia los primeros distritos y ayudaban a mantener la calma. Estaría más feliz si no fuera porque aquella tarea le había exigido una cantidad ingente de su tiempo, privándole de disfrutar con sus hijas de las fiestas como le hubiera gustado. Lamentablemente, no tenía alternativa. Su deber era velar por la seguridad dentro del Zet y predicar con el ejemplo, aunque ello le impidiese estar con sus seres queridos. Le había prometido a Laena que aquella inestabilidad sería algo temporal, y que se lo compensaría tanto a ella como a las pequeñas más adelante. ¿Por qué no iba a ser cierto? Nadie sabía cuándo podía acabar, y eso era lo que él quería pensar. O con lo que se quería engañar.

Con la hogaza caliente bajo el brazo, Prist puso rumbo de vuelta hacia su casa cuando el sonido lejano de una potente explosión le dejó paralizado.

«No puede ser, ¡viene del Zet! —Se giró incrédulo para mirar en su dirección—. ¿Han conseguido burlar el control de la Shïdé?».

Una riada de gente comenzó a correr despavorida en dirección opuesta al Zet, entre gritos y sollozos. El instinto de Prist, sin embargo, le hizo actuar de manera contraria, y le urgió a iniciar la carrera hacia el lugar de la explosión esquivando al gentío.

Un pequeño grupo de guardias neutrales, al cargo de la protección de los ciudadanos de Ara Nastra, se desplazaba a toda velocidad por las plataformas metálicas que discurrían por los tejados de los edificios en su misma dirección. Entre las siluetas de uniforme grisáceo, Prist pudo reconocer el rostro de uno de sus tenientes.

—¡Einar! —gritó enérgicamente para hacerse oír por encima de los chillidos de pánico—. ¡Maldita sea!, ¿cómo han podido atravesar el control?

El teniente de la Guardia miró hacia abajo mientras continuaba corriendo por las plataformas.

—¡No lo han hecho! —le respondió con preocupación. Acto seguido, aceleró el ritmo y desapareció de su vista, ocultado por los salientes del edificio.

Prist blasfemó a los cuatro vientos y aumentó el ritmo de la carrera. No se podía creer que los alborotadores hubieran conseguido atravesar la Shïdé e infiltrarse en los primeros distritos cuando, precisamente, la misión de aquella maldita muralla era alejar los problemas de los barrios periféricos de allí. El parapeto solía ser efectivo, pero, al parecer, acababa de dejar de serlo. Alguien había conseguido sortear los controles periféricos en los que terminaban las tres arterias principales y aquello era muy preocupante. Se suponía que desde allí la Guardia Neutral supervisaba todos los accesos para, de este modo, garantizar la seguridad de los primeros distritos; aunque estaba claro que algo no había funcionado como debía.

No tardó demasiado en llegar a la explanada que precedía al Zet. Aunque jadeaba sin parar, un soplo de alivio escapó de sus pulmones al ver que las puertas del complejo estaban intactas. No era ese el caso de su muro. La estructura de piedra seguía en pie, pero la explosión había provocado daños de proporciones considerables; por suerte, no fue lo suficientemente potente como para traspasar la gruesa pared, y tan solo se había visto afectada la superficie.

Los atacantes se habían desvanecido sin dejar rastro. Tan solo la bruma, el humo y el verde éter característico de una explosión de polvo de esencia quedaban en aquel lugar. El grupo de guardias neutrales había llegado antes que él y establecía un perímetro de seguridad en el lugar del incidente para mantener alejados a los curiosos. El viento arrastraba un remolino de papeles por el suelo de la explanada. Prist se acercó a la oquedad del muro y se agachó para recoger uno de ellos. Al incorporarse lo extendió con las dos manos y leyó su contenido, simple, rudo y directo:

«Muerte a la Monarquía».