Nota aclaratoria: el texto se presenta sin maquetar.

Ciudad de Ara Nastra, año 242 después del descubrimiento.

—No he venido aquí para contar una historia feliz.

Con esas palabras comenzó su intervención en la abarrotada sala donde tenían lugar las declaraciones. Podían parecer duras o carentes de sentimiento, pero quien supiera escuchar distinguiría tras ellas el regocijo de una persona que podía pronunciarlas sin miedo. Ciudadanos de las cuatro esquinas del continente se habían desplazado hasta allí para escuchar su historia. No conocía a ninguno de ellos, como tampoco conocía a los miembros del reducido grupo que conducía el proceso desde lo alto de la tribuna, pero eso no le impediría hablar con franqueza y naturalidad.

La sala estaba siendo rehabilitada. De hecho, el edificio entero estaba siendo rehabilitado y los trabajos de restauración aún no habían finalizado. Los olores de pintura fresca y madera recién cortada perfumaban el ambiente, formando una fragancia limpia y agradable. No lo notó hasta que se plantó de pie frente al estrado para prestar declaración, pero era el olor de la esperanza. Creía haberlo olvidado, pero lo identificó al instante. Era tan intenso que podía hasta saborearlo. Y se tomó su tiempo para hacerlo. Era la esperanza que les fue prometida y por la que lucharon hasta el final.

—Ni nosotros estamos aquí para escucharla —replicó el que parecía el portavoz del improvisado tribunal—. Lo que queremos oír es la verdad. ¿Estuvo aquel día? ¿Aquella noche?

—Sí —respondió con tosquedad—. Al igual que muchos otros. Estén vivos o muertos.

La mayoría de sus compañeros ya habían declarado. Dijeron lo que sabían o lo que creían saber, pues tan solo conocían una pequeña parte de la historia: la que les tocó vivir. Narraron sus relatos frente a aquel tribunal para que el continente entero supiera lo que había pasado. Retazos de información que aspiraban a ser cosidos unos con otros hasta completar el lienzo que el inclemente destino tuvo el capricho de pintar. Habían pasado ya varios días desde que comenzó el juicio, pero aún faltaban historias por contar. Casualidad o no, a ellos los dejaron para el final; aun sabiendo que sus crónicas eran las que más valor podían aportar. Aquella minuciosa recopilación de relatos no estaría completa hasta incorporar sus testimonios, ya que muy pocos consiguieron llegar hasta donde lo hicieron ellos.

—¿De qué color era la luna? —inquirió una mujer de avanzada edad, que estaba sentada a la izquierda del portavoz. Tenía la piel nívea y su pelo, más blanquecino aún, le caía como una fina cascada por encima de los hombros.

—No había luna. O al menos no la recuerdo.

La anciana se reclinó sobre la mesa de la tribuna y le miró fijamente a los ojos.

—Pero es cierto que el tharkalí os guio hasta él.

«Cuando la noche es cerrada, la pugna es eterna». Eso era todo lo que les dijo el tharkalí antes de perderse bajo ese denso y emponzoñado aire en el que apenas podían respirar. Antes de saltar al abismo.

—Nos llevó a las mismísimas fauces del inframundo… —Titubeó un instante antes de continuar—. Lo que allí nos encontramos había perdido lo poco que podía conservar de humano. Tenía la apariencia de una regia y desalmada deidad.

—El Reig-na-terno.

—El heredero de lo sempiterno —confirmó él.

El murmullo desconfiado de los asistentes recorrió toda la sala. Aún tenían miedo de alzar demasiado la voz, y probablemente debería pasar algún tiempo más hasta que ese sentimiento cambiara.

—¿Qué fue lo último que se supo de él?

Hizo una breve pausa en la que tragó saliva. Primero tenía que convencerse a sí mismo de lo que estaba a punto de decir, de lo contrario jamás conseguiría que el resto lo creyera.

—Que se alejó para siempre de nosotros.

El rostro de la mujer reflejó tristeza y compasión. Furia y alivio fueron, entre otras, las emociones que consiguió disimular. La anciana sabía lo mucho que sufrieron hasta llegar a ese momento, aunque no se podía hacer una idea de lo que tuvieron que afrontar.

—Cuéntenos cómo terminó.

La mujer quería que comenzase su testimonio, la asombrosa y dolorosa historia que había vivido durante aquellos últimos largos años. Por la que había dejado tanto y a tantos atrás. Un relato en el que, por desgracia, muchos compañeros no llegarían hasta el final, pero de una forma u otra debía incorporarlos. La mujer le pedía que les contara cómo había terminado todo, pero se sentía incapaz de explicarles el final. Él sabía que fue un final dulce: un justo desenlace para las profecías eternas que buscan protagonista, para aquellas que se creen inmortales por mucho que ya se hayan cumplido. En efecto, todo tuvo un final. Y, aun así, la sensación que dejó tras de sí no fue la misma para todos. Seguiría siendo amarga para aquel que no hubiera experimentado la desesperación y la agonía. Todo tenía un final, sí…, y tenía que contarlo. No sabía muy bien cómo iniciar su relato, de modo que optó por empezar por donde todas las historias como aquella debían comenzar: por el principio. O, al menos, por lo que él consideró como el principio: el detonante que hizo que el mundo que conocía saltase completamente por los aires.

—No —respondió a la petición—. Les contaré cómo comenzó.